viernes, 8 de marzo de 2013

Crusaders of the Amber Coast (Sesión 2)



Octubre de 1234.

En su pequeña cabaña, Andra, ragana de la aldea de Askere, cuidaba de un herido. Resultaba sorprendente. La noche anterior parecía que iba a perecer, víctima de la infección que se había apoderado del brazo en el que se apreciaba claramente las señales de una fuerte mordedura de lobo. Pero por la mañana se encontraba mucho mejor, la fiebre estaba remitiendo y el hombre se encontraba sumido en un sueño profundo y reparador. 

Andra casi se sentía molesta. Todos sus esfuerzos curativos, aprendidos durante largos años, apenas habían bastado para aliviar el sufrimiento del hombre. Apenas sí mantenía a raya la infección, sin estar segura de si al final sería capaz de salvarle la vida. Sin embargo, aparentemente sólo con el poder de sus oraciones, el joven caballero germano había limpiado la herida de toda señal de infección. De todos modos, tampoco se sorprendió demasiado. Antes de verle, sabía que tanto él como sus acompañantes eran personas muy especiales.

Por lo que contaban, no hacía mucho tiempo que servían a la Hermandad de la Espada, tan sólo desde la pasada primavera. Hasta Askere habían llegado los rumores sobre los incursores lituanos derrotados por los caballeros, y como los prisioneros supervivientes habían sido ahorcados en Ascharadan, a la orilla del Daugava. 

Los extraños habían llegado el día anterior. Sin duda, alertados por aquellos de entre los habitantes de Askere que huyeron poco antes de la aldea, aterrorizados por lo que ocurría, buscando la protección del dios cristiano. Andra no se lo podía reprochar del todo, pues ella misma estaba muy preocupada con lo que ocurría.

Los problemas comenzaron con el inicio del Velu Laiks, el Tiempo de los Muertos, las fechas en las que los fallecidos regresaban temporalmente desde el Velu para visitar a sus familiares. Era una ocasión para recordar a los seres queridos, a veces incluso para sentir su compañía. Pero este año algo iba mal. Algo perturbaba, no, asustaba a los difuntos. Los espíritus se veían atacados en el camino hacia sus antiguos hogares por algo que aún no había logrado identificar.

Presas del pánico, algunos aldeanos huyeron hacia Aizkraukle, que los germanos llamaban Ascheradan, pidiendo la protección de los Hermanos de la Espada, aunque eso significase renunciar a los Dieva Deli y aceptar al dios cristiano. Los monjes caballeros habían respondiendo enviando a uno de los suyos junto con su pequeño séquito, así como la promesa de que mandarían traer a alguien experto en tales temas desde Riga, un exorcista. 

El caballero, Marcus Adam, era joven, y había actuado con la impetuosidad esperada de alguien de su edad y condición. Pero también parecía dispuesto a reconocer errores y cambiar su actitud, lo que no se podía decir de la mayoría de sus hermanos. Le acompañaba su escudero Zemvaldis, un mozo espigado que no parecía mostrarse muy seguro de los comentarios de su señor, y Tekla, una muchacha que, a Andra no le cabía duda, de recibir la educación adecuada, podría desarrollar las grandes dotes para la magia que se intuían en ella. Además, la joven parecía ser de natural bondadoso, demostrándolo al ayudar a la ragana a cuidar del herido.

Preguntando en la aldea, los enviados de Ascheradan se enteraron de lo que provocaba tanto temor a los livonios del lugar. Visitaron el claro sagrado del cercano bosque, el claro en el que se levantaban los túmulos que cubrían a los muertos de Askere. Pero lo hicieron durante el día, y Andra sabía que sólo a la luz de Meness permitía Laima que los difuntos se mostraran en la tierra que una vez habitaron. 

Luego, los forasteros habían querido ver al herido. Sobre éste, los aldeanos sólo pudieron contarle lo poco que sabían. Que, aparentemente presa de una fuerte curiosidad, el hombre había acudido sólo y de noche al cementerio, y había sido encontrado al amanecer, delirando por la fiebre provocada por una mordedura infectada. Una mordedura que sólo podía pertenecer a un lobo.

O a un vilkacis, pensó Andra con un escalofrío. Tekla, que al parecer había prestado más atención que la mayoría a los cuentos y leyendas con los que se habría educado, recordaba la historia de aquellos hombres capaces de vestir con la piel de los lobos, y lo había mencionado durante una conversación. Andra sabía mucho más sobre el tema, pero prefería reservar ese conocimiento para sí, al menos hasta que resultase necesario hablar del asunto.

Y entonces, el caballero, a pesar de toda su perorata sobre los paganos adoradores del diablo y demás zarandajas, había rezado a su dios por la recuperación del hombre enfermo, y había obtenido respuesta. Ahora todos aguardaban el momento en que el herido despertara, y pudiese contar lo que le ocurrió.