lunes, 20 de noviembre de 2017

Shores of Korantia (Sesión 24 y última)

Y así llegamos al final de la campaña, al menos por el momento. Thennla es una ambientación que da para mucho, pero por ahora voy a poner un punto y aparte en este entorno. Espero retomarlo más adelante, quizá con estos mismos personajes, quizá con un nuevo grupo en un punto diferente, como el imperio taskano. Ya se verá. Por el momento la campaña queda en un punto adecuado para su finalización.

Esta última sesión presentó un desafío para el grupo, en forma de combate, que resultó ser extremadamente duro. Y es que hasta el momento los aventureros no habían experimentado la dureza de enfrentarse a una formación de hoplitas en batalla. Alguno de los jugadores opina que resultó más terrible que luchar contra el minotauro y el dragón. No sé si será así, pero es cierto que se bordeó el desastre.

De nuevo, el autor del relato es OtakuLogan, uno de los jugadores. Y de nuevo, mi agradecimiento por haberse tomado la molestia de redactar estas entradas del diario de campaña.



***

Disto no asumió la muerte de Serat cuando despertó: era uno de los héroes de sus canciones, no podía dejarlo ir. Cogió su cuerpo y trazó un rocambolesco plan: le pediría a Belerofonte que no dejara que su alma partiese al otro lado, ya que tras tantos años de gobierno del rey Toro, la fortaleza y el bosque que lo ocultaba se habían llenado de monstruos. Además, el exterior había cambiado: ellos dos juntos podrían servirles durante sus vidas mortales para comenzar a reparar el daño que la maldición había hecho. También había prometido personalmente devolver el collar al espíritu de la hija de los reyes, tarea que no había cumplido aún. Con el cuerpo del tenio y el lobo a su lado, se dirigió a un destino incierto…

Para el resto del grupo, si bien Serat había caído y Disto parecía ceder a la locura, la tragedia era menos emotiva: a ambos los habían conocido cuando ya eran un equipo de mercenarios con varias aventuras a sus espaldas. En cierta manera era cerrar la etapa en la que tuvieron compañeros de viaje indescifrables en ocasiones, y aunque tristes, partieron dejándolos atrás. 

Tras unos días de viaje tranquilo, como si las bestias del lugar hubieran sentido el cambio que se había obrado en la fortaleza y ya no fueran tan activas, llegaron hasta el lugar donde la otra mitad de Belerofonte habitaba. Sonrió al verlos llegar, aunque tampoco parecía eufórico por el triunfo de la expedición: tal vez volver a juzgar almas para toda la eternidad se le antojaba ahora un trabajo demasiado duro, a pesar de que pudiera sanar y se reuniera con su otra parte. 

Ató el cuerno del minotauro junto a su herida mientras obraba su magia curativa, sanando el mal que le había aquejado tan largo tiempo. Después agradeció la ayuda de los héroes, a los que permitió quedarse todo el equipo que él poseía (la mayoría ya lo estaban utilizando, pero también estaba la armadura de una calidad que nunca habían visto) y, dejando el que había sido su hogar durante demasiados años, partió por el paso que los héroes habían usado para llegar hasta él. Sería toda una sorpresa para aquellos que veneraban al hombre que no envejecía no encontrarlo a partir de ese entonces.

Los héroes salieron del bosque de Sard y se prepararon para un largo camino de vuelta, parando en ocasiones en pueblos de paso para abastecerse de comida y provisiones tras la pérdida de su mula. El invierno estaba cerca y los campos de cultivo se mostraban vacíos: no había demasiada actividad humana ni animal en aquella época a campo abierto, así que tuvieron un plácido (aunque algo desanimado) camino de vuelta hasta que, en el puente dónde debían pagar a los tenios por pasar, Regulus notó extrañado que estos no estaban y los árboles cercanos al lugar tenían sombras más alargadas de lo habitual. 

De una de ellas salió Ivantus de Tisil, mercenario meteco en Tirta, un viejo conocido (sobretodo de Flegias) que les saludó, quejándose de la espera que había tenido que soportar. Otros hombres curtidos en batallas salieron de sus escondites, hasta formar un equipo de once combatientes. Ante el desconcierto del grupo, los mercenarios empezaron a mostrarse amenazadores y pidieron la Labris, el hacha sagrada que portaba Regulus, pues su benefactor así lo había pedido. 

Kasadya intentó negociar con Ivantus, recordándole que estaban en una misión por la gloria de Tirta y ofreciéndole duplicar o triplicar el precio que había recibido por aquel trabajo. Pero el mercenario no se dejó convencer: después de dejar claro que no poseían tanto dinero como la persona que les había contratado, dio instrucciones para comenzar el ataque. Y los héroes, curtidos en decenas de batallas y supervivientes de la exploración de la fortaleza y del combate contra el rey Toro, tuvieron su enfrentamiento más complicado por parte de unos humanos a los que creían leales a Tirta. 

Ivantus y su grupo rodeó a los seis miembros de la compañía restantes utilizando una formación muy cerrada y amparada en la superioridad numérica, viéndose los héroes sobrepasados al tener que pelear contra varios hombres a la vez por el frente y por la espalda, que además se coordinaban para amagar ataques con sus compañeros contiguos y asfixiar a sus enemigos en un terreno de movilidad muy pequeño. Aunque el encuentro comenzó con un lanzazo de Flegias a la cara de Ivantus, pronto los mercenarios empezaron a apretar con su formación y solo Regulus y Patroklo parecían aguantar contra aquel tipo de lucha. 

Flegias hirió a otro mercenario antes de caer al suelo inconsciente, Kasadya también cayó al suelo pero desde allí luchaba por entretener a cuantos luchadores pudiera, Aromvelos usó su veteranía para acabar con otro pero empezaba a acumular heridas que le impedían atacar y Belisar fue gravemente herido tras el segundo intercambio de golpes. Patroklo, en la retaguardia, se dedicó a atacar y dejar que su cara armadura le cubriera del daño, lo cual funcionó ayudado por algunas malas maniobras de ataque por parte de sus rivales, y Regulus tullía con cada golpe de la Labris a un enemigo, pero su cadencia de golpeo se veía seriamente afectada por la formación del enemigo y también comenzaba a acumular daño. 

La situación se tensó al máximo: habían caído cinco mercenarios, pero también Flegias y Belisar, y Kasadya y Aromvelos solo se dedicaban a defenderse. Con una buen acción, Patroklo derribó a Ivantus mientras que Regulus, desesperado, intimidó al resto de combatientes ahora que su jefe estaba fuera de combate: si seguían atacando, no habría piedad con ellos. Los mercenarios recularon, pues esperaban un combate mucho más fácil del que estaban teniendo, y aún con altas posibilidades de ganar no se atrevieron a ser ellos parte de las bajas: rompieron la formación y en cuanto vieron la oportunidad, huyeron del lugar de la batalla hacia los bosques.

Los héroes sufrían graves heridas y el viaje que quedaba hasta Tirta fue bastante tortuoso, a pesar de las sanaciones de urgencia que Patroklo había realizado al resto. Finalmente llegaron a la ciudad recientemente emancipada y acudieron directamente a Aparinaon, pues habían mantenido a Ivantus como prisionero pero no habían conseguido sacarle ninguna información sobre quién les había pagado. 

Aparinaon les atendió y se sobresaltó con el relato del ataque a traición a unos héroes que estaban de vuelta de una misión sagrada, prometiendo que le sacaría la verdad a Ivantus. El siguiente paso de los héroes era visitar a la Primera Madre de Tirta: entregando la Labris evitarían cualquier otra emboscada que su enemigo adinerado pudiera contratar cuando tuviera noticias de su fracaso. En el patio del templo encontraron a Volsena junto con su madre, que al ver a los héroes puso mala cara y se retiró del lugar. 

Su hija, sin embargo, acogió con entusiasmo la llegada del grupo y escuchó con preocupación el asalto en el puente. De inmediato, pidió su traje ceremonial y se dispuso a ir a ver a Rikalsos en visita oficial junto con los héroes, que aún sin comentarlas, empezaban a albergar dudas en torno a la reina y a la madre de Volsena como posibles perpetradoras de la contratación de Ivantus. De camino a la mansión del rey los habitantes de Tirta eran más efusivos con los héroes y vitoreaban su vuelta ahora que Volsena apadrinaba su éxito.

Llegaron hasta el rey sin muchas dificultades, pues la Primera Madre gozaba del suficiente estatus como para no ser interrumpida mientras portaba el traje ceremonial. Rikalsos estaba atendiendo las peticiones de varios comerciantes cuando la procesión llegó hasta él, dejando de un lado sus quehaceres habituales para atenderla. Volsena explicó el éxito de la misión sagrada que había encomendado al grupo y Regulus se acercó para ofrecerle la Labris liberada de su maldición. 

La reina, desde atrás, le sugirió no acercarse tanto a un noble armado, y los héroes comprobaron con suspicacia que la guardia personal del rey eran compañeros habituales de Ivantus, mercenarios que estaban tensos ante la escena. Pero el rey aprobó la misión sagrada y también la idea de proclamar un portador del arma que hiciera a su vez de campeón de la ciudad, recayendo ese honor en Regulus. 

Antes de comenzar cualquier tipo de celebración, sin embargo, Volsena habló de la emboscada que había sufrido su expedición y de que pronto sabrían quién se encontraba detrás de aquella operación. La reina, nerviosa, habló en tono conciliador con su marido, delante de los héroes y Volsena: ella había contratado a Ivantus, pero según su versión no para matar a los héroes, sino para asegurar que la Labris llegara a Tirta en caso de que los héroes fracasaran. El ataque a los héroes resultaba, pues, una mala interpretación que hizo el mercenario de sus palabras, “conseguir traer la Labris a Tirta a toda costa, haciendo lo que fuese necesario”. 

Los héroes, Volsena y hasta el mismo rey aceptaron la explicación de forma pública, pero albergaban serias dudas de que todo se tratara de un error: sabían que la reina quería el puesto de Primera Madre de Tirta, y de haber recuperado ella la Labris habría obtenido el suficiente crédito como para atreverse a reclamar el puesto. Sin embargo, no era momento de lanzar acusaciones, aunque Flegias se adelantó para pedir que la guardia real fueran miembros del Batallón Sagrado y no los mercenarios de Ivantus, a lo que el rey dio el visto bueno de inmediato.

La Labris no era solo un símbolo de fuerza de Tirta, también serviría para unirles a los tenios, pues Volsena sabía que los templos principales al oeste de sus tierras no podían ignorar la liberación de un arma consagrada a su diosa, la Tierra, y sobre la que ya tenían leyendas en sus templos. Una reunión con Lord Skelfus serviría para dar oficialidad a la noticia entre los tenios y seguramente calmar los ánimos a aquellos que miraban con esperanza la rebelión de Varoteg. 

La cuestión de la traición, sin embargo, quedó abierta, pues Ivantus confesó haber recibido las mismas órdenes que la reina había dicho, y sería difícil acusarla de algo más que ser una confusión o malinterpretación maliciosa de Ivantus. De todas formas, los héroes no quisieron saber nada del tema: Regulus se había ganado el derecho de volver a casa, pues su hermano no podía permitir que el campeón de Tirta, de su misma sangre, pasara las noches en una posada. Flegias fue encargado de liderar la guardia de palacio, encargado de la protección real. Kasadya acabó su instrucción para el templo de Kos, y se preparó para su peregrinación por otros templos de la orden, lejos de Tirta. Y Patroklo, menos interesado en el ascenso personal, siguió trabajando como marinero rechazando la posibilidad de obtener su propio barco.

Tirta, ahora independiente, no parecía necesitar a sus héroes por un tiempo. Pero puede que el destino les juntara de nuevo antes de lo que creían...

 ***


Y así quedó la cosa. Los aventureros están bien situados, ocupando puestos de honor e influencia en la recién emancipada ciudad estado. Son héroes aclamados, pero no les faltan enemigos, ni siquiera entre los propios tirtanos. Probablemente, el primero de ellos sea la propia reina, que según parece vio desbaratados sus planes, y tuvo que pasar la vergüenza de excusarse en público ante ellos. Cualquiera podría decir que ha desarrollado una Pasión de Odio (Aventureros)...

El final que el jugador de Disto dio a su personaje me gustó mucho. Un punto de incertidumbre, dejando abiertas muchas posibilidades para el futuro (incluyendo la de que Disto no reaparezca jamás, perdido y desconocido su destino en el interior del palacio del Rey Toro), y ha resultado un buen detalle.

Cuando los aventureros combatieron con los mercenarios de Ivantus, descubrieron los efectos del rasgo Formación Cerrada, y esto les dejó estupefactos; Contar con un Punto de Acción menos para cada combatiente es una desventaja formidable. Finalmente lograron salvar el día gracias a un gasto generoso de Puntos de suerte para obtener acciones adicionales junto a buena fortuna en las tiradas de dados. Que los PJ ya fuesen notablemente competentes en combate también resultó muy útil.

Creo que la de Tirta se ha convertido, al menos por número de sesiones jugadas, en la más extensa de todas las dirigidas hasta el momento por mí con RQ6/Mythras.  En conjunto, hay cosas de las que no estoy nada satisfecho, pues no creo haber llevado correctamente. En otros puntos, he sido incapaz de transmitir algunos de los elementos que esperaba fuesen importantes para la campaña. Pero no todo ha estado mal. Creo que ha habido algunos momentos divertidos, y me gustan los giros inesperados que ha tomado la campaña en algunas ocasiones. Los jugadores pusieron de su parte y ayudaron mucho a que la campaña siguiese adelante, sorprendiéndome en no pocas ocasiones.

Ahora, a por Classic Fantasy.

domingo, 19 de noviembre de 2017

El señor de la noche, de Tanith Lee

Tras la lectura de Volkhavaar me quedaron muchas ganas de leer algo más de la autora Tanith Lee. Así que pronto pasé a El señor de la noche, publicado también por Martínez Roca en 1986 dentro de la colección Fantasy. La publicación original data de 1978.

El señor de la noche cuenta diferentes historias situadas en una época muy antigua de la Tierra, cuando el mundo "todavía era plano". El hilo conductor, y ocasional protagonista de los relatos es Azhrarn, señor de los demonios y príncipe del infierno, el señor de la noche al que hace referencia el título. Azhrarn gobierna un reino oscuro y elegante, refinado y cruel. Lo abandona con cierta frecuencia para vagar durante la noche -pues la luz del día es anatema para los demonios, aún para los más poderosos- en el mundo de los mortales, ofreciendo su malevolencia en forma de bromas crueles. Pero en ocasiones también interesándose por determinados individuos, que por su belleza, inteligencia o creatividad son capaces de cautivar al poderoso demonio. Lo cual raramente resulta en algo bueno para los desdichados mortales.

Estos son los verdaderos protagonistas de las historias: el joven criado por Azhrarn, quien acaba enamorándose de él; el bardo ciego, capaz de viajar al infierno para liberar un alma prisionera allí; la joven bruja, que podría haber sido una gran fuerza del bien de no haber sufrido tantas y tan duras injusticias... Todos ellos y más aun son tocados por el señor de los demonios, que en ocasiones les ayuda, en ocasiones les pone en serias dificultades y que, en fin, en otras sólo quiere ver qué es lo que acaba saliendo de todo el asunto.

Aun con determinados momentos cómicos, o de acción, toda la historia está inmersa en una atmósfera delicada, de tragedia que se intuye. A decir verdad, la lectura de El señor de la noche me recordó muchísimo a la de Sandman, el cómic de Neil Gaiman. Azhrarn es más desdeñoso con los mortales y más egoista, pero el tipo de historia es el mismo. Actua como el hilo conductor de una serie de narraciones protagonizadas por personajes de aparición más pasajera -el conjunto abarca miles de años-, aunque al final las consecuencias de algunos de estos relatos cobran relación entre sí, con un resultado muy interesante.

Sorprende también la cantidad de elementos que tienen cabida en esta novela, que en realidad es más bien breve. La historia es mucho más compleja, o quizá sería mejor decir que abarca muchas más situaciones y personajes que la de Volkhavaar, pero no falta ni sobra una palabra del conjunto. Probablemente hoy día daría para una serie entera de novelas, estirando el chicle lo máximo posible, mientras se diluye la calidad de la obra. En esta, en cambio, está toda concentrada en un número relativamente corto de páginas. Y eso que resulta que El señor de la noche sí es la primera de un ciclo, Tales from de Earth Flat. No sé qué tal estarán las siguientes entregas, que no fueron traducidas al castellano, pero me siento muy tentado de intentar hacerme con ellas en su versión original.

Un tipo de fantasía distinta a la más habitual, más elegante, tranquila, pero a la vez llena de interés, de personajes bien definidos y de situaciones tan sorprendentes como verosímiles. Personalmente, me parece una obra maestra, y no me sorprende que fuese nominada en los World Fantasy Awards como mejor novela en 1979. Tan solo lamento que no fuesen traducidas muchas más novelas de esta autora.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Shores of Korantia (Sesión 23)

La batalla final da comienzo.
Con esta sesión dimos fin a la exploración de La Tumba del Rey Toro, una sesión antes de lo que yo tenía calculado. Cosas de los jugadores, que fueron directos hasta el gran final. Alguno se quedó por el camino...

De nuevo, el autor del relato de las andanzas del grupo es OtakuLogan, uno de los jugadores.


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Sin la vara de Hekateria pero con dos nuevos caminos que explorar, los héroes dejaron a Dulmodia para dirigirse por el que parecía más directo: volvieron al patio, que para su suerte estaba vacío, y se encontraron con el primer dilema, pues había dos salidas al sur, y la bruja había vuelto a no ser exhaustivamente precisa en su descripción sobre la ruta que debían seguir. 

Al sudeste una abertura daba a una zona de la fortaleza inexplorada por los aventureros, pero estos prefirieron coger la salida más centrada del sur, pensando que ese era el sitio que les había querido decir Dulmodia. La nueva sala, sin nada especialmente relevante, daba a unas escaleras que bajaban hacia otra sala con otras escaleras al final, esta vez para subir. No parecía que fuera el camino descrito por la bruja (“seguir recto el pasillo”), pero llegados a ese punto el grupo quiso seguir explorando la zona hasta encontrarse con alguna dificultad antes de volver al patio. Subidas las escaleras, unos pasos más adelante llegaron a una gran sala llena de frescos muy bien conservados para el tiempo que deberían tener colgados en sus paredes. Serat, Patroklo, Aromvelos y Belisar siguieron adelante antes de advertir que sus compañeros parecían confundidos y se habían quedado parados.

Kasadya, Disto, Regulus y Flegias se habían visto transportados a una de las pinturas, aunque no eran conscientes de ello. El suelo a sus pies había desaparecido para dejar espacio a una hierba de color vivaz y cada uno en una esquina, vislumbraban un prado donde mucha gente parecía bailar y celebrar. Entre ellos, algunos importantes conocidos… ya muertos. 

El padre de Flegias se acercó a su hijo, separándose del grupo: el marinero parecía bastante a gusto con la situación e intercambió noticias con su padre, incluso se permitió bromear sobre su afición a la bebida; el padre de Regulus miraba a su hijo, que se mostraba desconfiado, con orgullo, pero también con pesar porque tuviera que luchar con el legado que le había dejado, el hacha sagrada, y no se animara a celebrar con él en el prado; el padre de Disto no tuvo oportunidad de oír la voz de su hijo, pues este retrocedió nada más entrar en aquel lugar; y la abuela de Kasadya se mostraba complacida de verla armada, pues decía que ella también desearía haber sido una guerrera, pero no consiguió imponerse a la rigidez de roles en cuanto a sexos de la estricta sociedad korantina. 

De repente, los cuatro volvieron en sí, mirando aturdidos a sus compañeros, y decidieron salir cuanto antes de aquella sala en dirección a la siguiente. Aquella experiencia no había sido tomada por todos por igual, siendo mejor recibida por algunos héroes que por otros -aunque el concenso general era que se trataba de algún tipo de trampa-, pero en lo que estaban de acuerdo es que si se dirigían hacia el lugar donde se juzgaban las almas, puede que no hubieran tomado el camino errado. Más adelante una puerta a la izquierda iniciaba un descenso del terreno sin escaleras: aunque podían seguir andando a través de ella pues el desnivel no era excesivo, se decidieron por entrar por la puerta.

Y al hacerlo, la nueva habitación, que desde fuera estaba a oscuras, se iluminó con antorchas. No solo eso: vislumbraron al fondo unos soldados, con vestimentas y armas similares a las suyas pero de fabricación muy anterior. Los soldados les miraron y les preguntaron con un lenguaje arcaico que hacían allí: los héroes respondieron que habían venido a ver a Belerofonte, el rey, y la guardia respondió que quiénes eran ellos para pedir semejante honor. 

Entonces empezó una discusión con los aventureros enseñando el hacha sagrada y pidiendo una audiencia real y los soldados, que no parecían dispuestos a concederla, en una ambiente que los primeros sabían alterado: aquellos soldados no pertenecían a este tiempo, ni sabían del estado actual de la fortaleza, ni obviamente conocían Tirta, pues probablemente aún no fuera un pueblo en su época. 

Para probar su teoría de que estaban en otra época, Kasadya pidió a varios héroes salir con ella para que vieran como desaparecían, de la misma forma que al principio ellos no les habían visto en la sala. Pero al salir, oscurecerse la sala (aunque quedaran algunos del grupo dentro, que todavía podían verse, al igual que unas estatuas de bronce armadas en el lugar que antes ocupaban los soldados) y volver a entrar tras escucharse un extraño retumbe, los soldados no recordaban el encuentro anterior: estaban anclados temporalmente y no eran capaces ni de avanzar ni de volver a su tiempo, no pudiendo crear nuevos recuerdos. 

Empezó otra discusión donde Kasadya intentaba explicarles conceptos que escapaban a su raciocinio, acabándose el asunto cuando en mitad del cruce de declaraciones, en vez de solicitar audiencia con el rey, lo hicieron con la reina, algo a lo que los guardias estaban más dispuestos. Dos soldados salieron por una abertura al final de la sala mientras el resto pedía las armas al grupo, solicitando Regulus que le dejaran llevar la suya, pues era el tema a tratar, y aunque los guardias no estaban dispuestos, la aparición de la reina dando el visto bueno les privó de autoridad. Algo titubeantes por si sus armas desaparecían en el tiempo detenido de aquella sala cuando volvieran, Aromvelos y Belisar decidieron quedarse guardando el equipo de sus compañeros, mientra el resto seguía a la reina, que les condujo a lo que parecía ser una sala destinada a su recreo personal, con mujeres cantando, tejiendo y realizando otro tipo de tareas.

Aunque sus subordinadas mostraban curiosidad por los recién llegados, no se acercaron al grupo, y la reina pudo hablar con ellos en privado: ella sí era consciente de la situación, tanto de los soldados y sus súbditos encadenados en el tiempo, como de la situación actual de la fortaleza y la división de su marido en dos partes. Escuchó el relato de los héroes y dijo que ella intentaría que el rey les atendiera, aunque debían presentarse ante él con prudencia, pues el espíritu de Belerofonte atrapado en la fortaleza no era tan considerado como el que había sido expulsado de la misma. 

Y también les solicitó un favor: su hija no era inmortal como ella, y ya fallecida estaba perdida en la fortaleza por culpa de la maldición; la reina quería darle un collar que le era muy querido en vida antes de que encontrara el camino para ser juzgada, prometiendo Disto cumplir con la tarea personalmente. Deseándoles toda la suerte posible, les llevó ante al megarón que estaban buscando, desde el cual un Belerofonte con el rostro más pétreo que el que habían conocido juzgaba una larga fila de almas que esperaban con la impasibilidad propia de un ser ya muerto su destino. 

La llegada de la reina detuvo la ceremonia. Presentó los héroes a su esposo, que le contaron a Belerofonte que habían venido enviados por su otro yo. Aquello no pareció agradar al monarca y dijo que no significaba nada para él, teniendo que ser la reina quién interviniera en la conversación para reconducirla, y decirle a su marido que tenían como misión acabar con la maldición que les tenía tanto tiempo atado. Durante un instante la cara de Belerofonte mostró un aspecto menos demacrado, pero rápidamente volvió a su anterior estado y preguntó de nuevo el motivo por el que era molestado. 

Regulus levantó el hacha y dijo que quería su bendición para liberarla, así como conocer el camino que llevaba al lugar donde se la veneraba. Con mala gana Belerofonte les concedió ambas gracias, y despidiéndose de la reina, el grupo avanzó por el camino que le habían señalado, saliendo de la estancia por la izquierda hacia un pasillo que doblaba y un par de puertas que ignoraron para seguir adelante. Una estancia más grande les esperaba, con un velo que tapaba el final de la misma. Allí también se encontraba el cadáver de un hombre-cerdo, tal vez un intruso que no había obtenido la bendición del rey para llegar hasta allí. 

Los héroes atravesaron el velo y finalmente un estrecho pasillo donde colgaban muchas hachas, similares a la portada por Regulus, acababa en un altar donde una estatua de mujer ofrecía su mano. El noble no tuvo ninguna duda: puso el hacha en la mano y la estatua, al reconocerla, cerró la mano; un pequeño temblor se apoderó de la sala y una luz escapó del hacha, hasta que finalmente la estatua dejó de apretar la mano y volvió a dejarla en su estado natural. Regulus recogió el arma y notó enseguida un nuevo vigor en ella: sin duda era más ligera y, al mismo tiempo, más afilada que nunca, más allá de lo que un herrero podría conseguir trabajando toda una vida.  El aristócrata tomó conciencia de los poderes renovados del arma, que le protegerían contra la magia y le permitirían dañar de forma efectiva al Minotauro.

Estaban por volver cuando Serat sorprendió al grupo: había escondido un cuchillo a los guardias y deseoso de obtener un arma poderosa, lo puso también en la mano de la estatua. La estatua cerró la mano… y notó que aquello no pertenecía a la forma de una de sus hachas: tomó vida y furiosa, se lanzó contra el profanador, mientras todo el grupo intentaba huir por el pasillo. Serat esquivó con fortuna un primer golpe y adquirió los rasgos de un lobo para salir de allí a mayor velocidad, pero antes de que pudiera hacerlo la estatua no volvió a fallar por segunda vez, clavándole los restos de su cuchillo, pues casi lo había triturado al cerrar la mano, en la cabeza. El hechicero cayó al suelo, medio muerto, y la estatua volvió a su lugar. El resto del grupo hizo acopio de valor y sacó el cuerpo de Serat, para que Disto le sanara la peligrosa herida de la cabeza con magia. Sin querer hablar mucho más del tema, tras las horas de trabajo del hechicero el equipo desandó el camino, sin saber que podían decirle al rey Belerofonte y a la reina, pero entonces un enorme grito, proveniente de algún lugar cercano al patio, les hizo estremecerse, y Belisar y Aromvelos salieron por una de las puertas que habían ignorado antes en el pasillo, pues al parecer se comunicaba directamente con la sala de los soldados. Les advirtieron que, unos minutos antes, había sonado un espantoso rugido por todo el lugar, probablemente por todo el palacio, y ahora las salas y pasillos se llenaban con el ruido de sus monstruosos habitantes poniéndose en marcha.

Aunque estaban a dos salas de ellos, el rey y la reina parecían lejanos en el tiempo: los soldados de la habitación habían desaparecido y la fortaleza volvía a tener aspecto de maldita, con una ebullición de movimiento hacia el patio. Los héroes se sintieron atraídos hacia el lugar y volvieron por la sala de los frescos y las escaleras que bajaban y luego subían para llegar de nuevo hasta el gran espacio abierto de la construcción. 

El lugar se había llenado de monstruos, algunos conocidos como los hombres-cerdo u hombres-perro, otros nuevos pero no menos siniestros. Sobrevolaba la estancia un gran número de arpías y otros monstruos voladores, aunque también vieron sus primeros aliados, cinco grifos. De la abertura hacia el inframundo brotaban más bestias, entre ellas un enorme dragón que se posicionó junto a su señor, el rey Toro, que al parecer había sentido la liberación del hacha y había llamado a todos sus esclavos para luchar. Se le presentaba una oportunidad única: si acababa con los portadores del hacha sagrada y la propia arma, ya nada podría detenerlo. 

Desde detrás de su posición, los héroes vieron como una puerta se abría: los hombres-lagarto, con su líder aún herido y transportado por sus seguidores a la cabeza, habían dejado el altar de la diosa de la Tierra y se preparaban para ayudarles. Y desde otra puerta cercana, los cavernícolas sorprendieron al grupo mostrándose como aliados, a pesar de que habían matado a seis de los suyos. Aún con esos dos ejércitos aliados, el combate era claramente desigual: las fuerzas del rey Toro eran muy superiores, y solo la ansiedad del minotauro por conseguir su objetivo les dio una oportunidad de victoria, pues se lanzó a por los héroes nada más verlos, ignorando el resto de la batalla. Solo el gran draco pudo seguir su ritmo, quedándose el resto de monstruos separados de él por las tropas de hombres-lagarto y cavernícolas.

Sin embargo, aquello no sería una pelea fácil ni aunque solo tuvieran dos enemigos al principio. El rey Toro apartó de un empujón a Kasadya en su carga hacia Regulus y la Labris, causándole una grave herida en el brazo en el que empuñaba su lanza, mientras el gran lagarto impedía que los ataques de Flegias y Patroklo llegaran hasta su amo. Disto gastó sus últimas energías dando aún más poder mágico al hacha de Regulus y a la lanza caída de Kasadya, maldiciendo su debilidad y quedando inconsciente por sobreesfuerzo. 

El noble levantó el arma y con gran valentía, usó la carga del monstruo en su propia contra, clavándole el hacha en el pecho y abriéndole una gran herida. Tocado por el hacha, el minotauro pasaba a ser mortal y el grupo podía hacerle frente, pero Flegias no pudo alcanzarle y Patroklo se vio enredado con el gran lagarto, a quién también atacó Serat, logrando hacerle un corte en la cola por la que empezó a chorrear sangre. La criatura, molesta con el chaman, se revolvió y le endosó semejante coletazo que envió a Serat contra la pared a varios metros, quedando el chamán tirado en el suelo, con la caja torácica hendida, muerto sin remedio. 

Pero aquel momento de despiste del gran lagarto dejó indefenso al rey Toro, que aunque había herido a Flegias, tuvo que aguantar dos nuevos hachazos de Regulus en su herida abierta, haciéndole tambalear y finalmente muerto ante el arma que llevaba más de dos mil años esperando. 

El gran lagarto, viendo el destino de su amo, decidió huir después de haber herido también a Patroklo, pero antes de hacerlo recibió otro nuevo tajo de Regulus en la cola y un lanzazo de Flegias. La huida del monstruo, que regresó al grieta infernal, dejo el panorama abierto para que el resto de los combatientes, tanto los aliados de los héroes como sobre todo los otros monstruos, vieran a Kasadya sentada sobre el cadáver del rey Toro, con sus enormes astas a modo de respaldo. 

Al mismo tiempo, la fortaleza empezó de nuevo a retumbar y la grieta hacia el inframundo empezó a cerrarse; la moral de los monstruos se vino a bajo y aunque seguían teniendo superioridad, ningún líder los mantenía ya unidos, aunque fuera por el temor: empezaron a huir entendiendo que en aquella batalla no tenían nada que ganar, la mayoría entrando en la grieta antes de que se cerrara del todo (como el gran lagarto), pero otros huyendo a otras estancias de la fortaleza. 

Contra todo pronóstico, los héroes habían vencido, y lo habían hecho lo suficientemente rápido como para que su inferioridad numérica no fuera una dificultad insalvable. Los hombres salvajes se fueron en silencio, mientras que los hombres-lagarto acudieron a contemplar el cadáver del rey Toro y su líder cortó uno de sus cuernos para poder curar su herida, cogiendo el otro Regulus para llevárselo al Belerofonte de fuera de la fortaleza. Aún en la hazaña, un lobo de la parte victoriosa aullaba de dolor y los compañeros de Serat recogieron su cuerpo antes de salir de la fortaleza e ir al pabellón de los hombres-lagarto para recuperarse durante varios días de descanso.

Todo parecía haber acabado, pero no era así. Los hombres-lagarto se fueron a los tres días, tras homenajear a los héroes, a los que aún les esperaba terminar su gesta con su regreso a Tirta.

***

Me tomó por sorpresa que la batalla final tuviese lugar en esta sesión, yo pensaba que sería en la siguiente. Pero la cosa fue bastante rápida -y la sesión se alargó más de lo habitual- así que la cosa terminó con la victoria de los PJ sobre el Rey Toro.

El enfrentamiento final no encontró a los aventureros en su mejor momento; contaban con la Labris, sin la cual la victoria definitiva sería imposible, pero sus reservas de magia andaban muy escasas. Apenas dio lo suficiente para poder sanar alguna herida y mejorar algún arma antes de agotarse del todo.

Uno de los personajes, Serat el chamán tenio, encontró aquí la muerte, nada menos que luchando contra un dragón. No de los que vuelan con sus alas y eso, sino lo que creo que Tolkien llamaba "dragones fríos" y en RQ3 se denominaba "gusano dragón"; el bicho sin alas, con cuatro patas y cuerpo alargado, como Glaurung, la némesis de Turin Turámbar. Lo que, para Mythras, sigue siendo un desafío de narices. Los PJ lo superaron relativamente bien, con sólo una baja y algún herido más. Patroklo, creo que fue.

Después de esto, ya sólo restaba unas pocas cosas más que jugar antes de poner un punto y aparte en la campaña.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Savage Swords Against the Necromancer

Matthew Eager, la persona que hay detrás de Old Bones Publishing, ha puesto recientemente a la venta un nuevo pdf publicado bajo la Mythras Gateway, la licencia que ofrece TDM para dar salida a material relacionado con su sistema de juego. En esta ocasión, el escenario publicado, Savage Swords Against the Necromancer, encaja decididamente en el género de Espada y Brujería, en su forma más clásica y ortodoxa, muy a lo Robert E. Howard y similares.

El escenario en cuestión se sitúa en la ciudad de Tozer, población que sin pertenecer a ninguna ambientación concreta -a no ser la campaña personal del autor-, puede situarse sin ningún problema en cualquier entorno de campaña de características similares. En Xoth, por ejemplo, la ambientación en la que dirijo este tipo de partidas, quedaría perfecta; ciudad en clima desértico, sociedad con algunas reminiscencias de las culturas antiguas de oriente próximo, más los tropos propios del género: la civilización es decadente, los héroes buscan su propia supervivencia y enriquecimiento más que la consecución de algún ideal, una buena espada resulta muy útil, y si sangra, es que puede morir. Cosas así.

El escenario ha sido preparado con tres personajes pregenerados en mente, y el esfuerzo realizado para que estos PJ encajen en la trama (o que la trama encaje con ellos) es palpable. Es posible, sin embargo, jugar esta aventura con otros personajes, realizando algunos cambios mínimos. Después de todo, se trata de un género en el que los arquetipos son muy frecuentes entre los protagonistas. Con un poco de trabajo, no debería haber ningún inconveniente para dirigir el escenario como parte de una campaña en curso con personajes ya creados.

Se encuentra a la venta únicamente en forma de pdf, a través de las tiendas habituales del ramo: Drivethru, RPGNow y no sé si alguna más.


Forma

Pues eso, un pdf. Cuarenta y seis páginas que tiene el documento, incluyendo portada y contraportada. No hay ilustraciones, sólo un par de fotografías dispuestas en esos mismos espacios.

La maquetación es sencilla pero correcta, equivalente a la utilizada en los propios suplementos de Mythras, aunque con una fuente distinta para los títulos de capítulos y apartados. Doble columna, blanco y negro, etc. 

Sí hay cartografía, y no está mal. Aunque los mapas a utilizar son bastante sencillos, están bien expuestos y explicados, incluyendo alguno en perspectiva isométrica.


Contenido

La aventura en sí resulta sencilla. Una historia en tres actos, dos de ellos son principalmente localizaciones, con un viaje de por medio, junto a un prólogo inicial para que los PJ puedan coincidir en sus caminos y presentarse unos a otros.

El texto comienza con Overview, una introducción sobre el género en el que se enclava el escenario, los PJ pregenerados, la trama y otros elementos de la aventura.

The Glory of Tozer es un brevísimo texto -tanto que pienso que estaría mejor como parte del capítulo siguiente-, sobre la ciudad en cuestión en la que comienza la historia.

The Mean Streets of Tozer sirve como presentación y escena introductoria de los diferentes personajes, cada cual está inmerso en sus propios asuntos cuando sus caminos se cruzan. La sucesión de acontecimientos, más el diseño de los personajes -en concreto sus Pasiones, detalle a tener en cuenta si se va a jugar con un reparto distinto- les llevará a unir fuerzas en pos de una meta común.

Tower of Untold Treasures describe la primera localización importante. Un pequeño dungeon a explorar y en el que aguardan ciertos peligros, como era de esperar. Los PJ no encuentran aquí lo que andaban buscando, aunque sí algunas pistas sobre hacia dónde han de encaminar sus pasos...

Wasteland. Lo cual, por desgracia, pasa por atravesar un territorio extremadamente hostil, sobre todo por su inclemente clima. Un momento importante del escenario, porque la prueba a la que se somete el grupo es muy dura, y determinará en qué estado llegan a su destino, a tiempo para el clímax de la aventura.

Temple of the Sleeping God. Confrontación final, revelaciones y desastre catastrófico -incluida la posibilidad de escapar en el último segundo mientras todo se viene abajo- es lo que van a encontrar los personajes en esta parte culminante del escenario.

Hay un Epilogue, con las habituales cuestiones de qué viene después, qué recompensas puede obtener el grupo, o qué les ha pasado a los PNJ que aparecen por aquí.

Las últimas páginas -diez de ellas- están dedicadas a la recopilación de los términos de juego, Statistics for Characters and Monsters. Los datos de no solo los PNJ que van a cruzar aceros -o garras, o tentáculos- con los aventureros, sino las de los propios PJ, que también aparecen descritos aquí.

Y ya.


Algunos comentarios

Savage Swords Against the Necromancer es exactamente lo que indica su título; un conjunto de lugares comunes del género, presentados en su forma más tradicional. No hay grandes sorpresas, no hay giros de trama, no hay personajes sorprendentes. Únicamente una serie de elementos con los que cualquiera que haya leído algunas novelas o cómics de este género ya estará familiarizado.

¿Eso es bueno o malo? Como siempre, la respuesta a esta pregunta depende de cada cual. Personalmente no le encuentro ningún problema en jugar un escenario de este tipo. Encuentro agradable ver como, si todos los jugadores saben más o menos de qué va la cosa, se van metiendo en sus papeles, por tópicos que sean, y juegan el escenario respetando las reglas del género. Pero es perfectamente factible que otros opinen de forma diferente, quizá valorando más la sorpresa y la originalidad que la recreación de tópicos agradables. Mejor que cada cual valore sus gustos.

El escenario está pensado para ser jugado con los pregenerados, pero esto no debería suponer ningún problema. Tan sólo tener en cuenta que en ocasiones, el texto confía en que algún PJ vaya a hacer algo motivado por alguna Pasión concreta. Lo normal es que por la inercia de los tropos del género, cualquier jugador que conozca algo del tema interpretase a su personaje de forma similar a la que se espera, pero lo mejor es tener algo preparado para el caso de que eso no fuese a ocurrir. 

Es una aventura muy decente. Cuando vuelva a dirigir partidas en el mundo de Xoth, tengo claro que este escenario será incluido en la lista de las aventuras a jugar. 

(Para evitar cualquier posible malentendido, quiero aclarar que el autor se puso en contacto conmigo proporcionándome una copia del escenario a fin de que yo hiciese una reseña. Acepté, como siempre explicando que sería lo más honesta posible, algo que también él deseaba.)

jueves, 16 de noviembre de 2017

Shores of Korantia (Sesión 22)

Causas de fuerza mayor -incluyendo una tragedia familiar- me han mantenido apartado del blog desde hace algún tiempo. No por ello he dejado de jugar, sin embargo, lo que ha sido una buena forma de distraerme de los malos tragos. A estas alturas, terminamos la campaña de Shores of Korantia, participé como jugador en un interludio de Dungeon World y hemos comenzado otra campaña, esta vez de Classic Fantasy. Aunque no las tengo todas conmigo que esta última vaya a durar mucho, depende de qué tal transcurran las próximas sesiones.

Desarrollaré algunos de esos puntos más detenidamente en entradas futuras, pero por el momento quiero publicar las correspondientes a las tres últimas sesiones de la campaña de Tirta. El autor de las mismas, OtakuLogan, se tomó una gran molestia en su redacción, así que ya estoy tardando en hacerle justicia. Allá va.


 ***

La bruja cumplió su parte del trato y les comunicó el paradero del templo de la diosa de la Tierra dentro de la fortaleza: por donde habían entrado inicialmente, justo en la sala antes de entrar al patio central debían tomar la puerta de la izquierda, seguir hasta la primera salida a la derecha y a partir de ahí, continuar el camino, estando el templo antes del final del mismo. 

A su vuelta a la sala de la gran espiral, Disto terminó de curar a Patroklo y se encaró con el grupo: dijo que no podían dejar a esa bruja viva, ahora que habían roto el equilibrio de poder entre las tres hermanas. Pero el grupo no parecía muy convencido, y optó por posponer cualquier decisión: no era momento ahora de preocuparse de las brujas, había que liberar el hacha. También se resolvió un tema pendiente: Urg no tenía más que aportar; aunque clamaba clemencia, les había engañado en el camino y seguía siendo un ser maligno. Disto empezó a quemarlo con la antorcha y Regulus lo decapitó con rapidez para que dejara de sufrir.


Reprendieron el camino hacia el patio sin problemas: el palco que asomaba al jardín, el pasillo que antaño te podía paralizar, la sala con el cadáver de la gran sierpe blanca, el lugar donde masacraron a los trogloditas gigantes y la habitación contigua al patio desde la que habían oído huir a las pequeñas ratas no mostraron ninguna amenaza nueva, y el fantasma de la escalera no reapareció. 

Se asomaron al patio: otro diminuto ser como Urg dirigía enfadado una patrulla de hombres-perro, golpeando con el látigo cuando lo veía oportuno. Estaban en la parte más alejada de la entrada y la salida que los héroes buscaban, y parecían entretenidos en alguna tarea, así que el grupo pasó haciendo el menor ruido posible por aquella zona abierta al cielo y llegaron a su destino sin ser detectados. Giraron hacia la izquierda y se adentraron en una nueva ruta: otro pasillo pobremente iluminado y con puertas que fueron ignoradas seguía cuando los héroes giraron a la derecha, siguiendo las instrucciones de Dulmodia. 

Un pasillo larguísimo se extendía delante de ellos, y a la derecha la estructura se abría en arcos intercalándose con puertas más adelante, mientras que a la izquierda solo había algunas puertas habitualmente a pares a intervalos irregulares, por lo que la descripción “antes del final” que dio la bruja podía significar muchos lugares en aquella estancia. Con tantas posibilidades, la idea de los héroes era llegar hasta el final buscando alguna entrada que tuviera un símbolo de la diosa de la Tierra. 

Avanzaron mucho antes de que los arcos terminaran a la derecha y empezara un muro como el de la izquierda, pero al rato nuevamente empezaron los arcos, intercalados con más muros y puertas también. En mitad del camino, vieron aparecer a un espectro, pero no se asustaron: era el Lamparero, encargado de encender las antorchas verdes, al que ya habían conocido anteriormente, si es que era solamente uno (lo que motivó una pequeña charla en el grupo). Se apartaron y el espectro pasó sin más.

Llegaron hasta el final del pasillo, que no ofrecía salida hacia delante, con dos puertas a la derecha y una a la izquierda. Llegados a ese punto, las instrucciones de Dulmodia empezaban a ser realmente vagas: decidieron volver atrás hasta la siguiente entrada a la izquierda, pues las puertas dónde se encontraban ahora estaban al final, y no antes. Al llegar, la abrieron solo para descubrir que unas pequeñas escalerillas conducían a una estancia totalmente inundada, teniendo además las columnas de la entrada visibles el símbolo del dios de los Océanos. 

El grupo decidió volver hasta el final, y abrir la puerta del mismo lado: Disto, sin prestar la suficiente atención, activó una trampa y unas rocas le dañaron al caerle encima su ya maltrecho brazo izquierdo, aunque seguramente exageró su caída al suelo y posteriores gemidos. El resto del grupo contempló brevemente que aquel túnel daba a una salida subterránea, pero antes de que pudieran dirigirse a ella el ruido de las rocas cayendo había atraído la atención de las habitaciones en frente de la que habían abierto, y unos hombres de aspecto salvaje y primitivo se asomaron y se dispusieron a atacar al ver a los héroes. 

No tuvieron oportunidad: los aventureros se mostraron muy diestros en este combate y los enemigos no contaban con la suficiente inteligencia para pensar como contrarrestar la ventaja que habían obtenido. Uno de ellos huyó para llamar refuerzos, así que los héroes se dieron prisa en avanzar por el túnel solo para descubrir que las escalerillas bajaban a otra estancia inundada con símbolos del dios de los Océanos. Decidieron volver al pasillo y mientras escuchaban como aumentaba el ruido en la zona por dónde el troglodita había huido, buscaron a toda prisa un escondite, pensando que podrían burlarlos incluso en aquel lugar cerrado: entraron por un arco y se mezclaron con unas telas que había almacenadas. El plan funcionó: al cabo de un par de horas, la actividad había cesado y pudieron volver al pasillo.

Muy alejadas de la del final, los héroes se dispusieron a probar dos puertas del lado izquierdo que se encontraban juntas, las primeras que encontraron tras salir de su escondite. Pero vieron que una de ellas no tenía pomo; cuando iban a ir a por la siguiente, Regulus, que sí veía un pomo en la puerta, lo cogió y la abrió. Efectivamente, una vez hecho eso, el resto del grupo pudo comprobar que la puerta tenía pomo, pero de algún modo mágico había estado oculto para ellos. Aquello dio un buen augurio al grupo, ya que Regulus era el portador del hacha, y avanzaron por un túnel similar al que habían encontrado antes, pero con una puerta de salida al final y otra a la izquierda. 

Siguieron recto y entraron en una cámara que desde el principio notaron como especial: a pesar de que una grieta en el suelo iluminaba de rojo la estancia y soltaba un olor muy fuerte, sus espíritus se encontraban en armonía en aquel lugar. Una estatua de la diosa de la Tierra con los brazos extendidos pero ocupados por serpientes, junto con auténticas serpientes, decenas de ellas, rodeando la estatua, indicaba que estaba vez sí habían encontrado el templo de la diosa de la Tierra. Mas, ¿qué podían hacer? ¿Cómo liberar el hacha? Ninguna conjetura que hizo el grupo daba suficientes garantías como para ponerla en práctica. Sin más opción, Regulus optó por acercarse a la estatua con el hacha, esperando que las serpientes le dejaran pasar al ser el portador del arma sagrada. 

Pero no fue así: no se apartaron de su camino y cuando las fue echando a un lado, se lanzaron a por él, mordiéndole en diversas partes del cuerpo; Regulus intentó seguir, pero antes de llegar a la estatua cayó desmayado. Mientras el resto rezaba para que aquello fuera parte del ritual, Disto se lanzó a recuperar su cuerpo, intentando ser más amable con las serpientes, para la estupefacción de sus compañeros, pero solo logró que la primera serpiente a la que intentaba alejar con delicadeza le mordiera, así que retrocedió hasta la pared y comenzó a curarse mágicamente, sin embargo el sopor que había doblegado a Regulus empezaba a hacerle efecto a él también y cerró los ojos.

Regulus y Disto se encontraban en una visión. En ella, la fortaleza estaba en sus días gloriosos y el patio servía como coliseo, donde Belerofonte y la reina presidían unas gradas llenas de espectadores que miraban fijamente el espectáculo en la arena: un hombre y una mujer se enfrentaban a un toro. La mujer corrió hacia el animal y lo saltó, mientras que el hombre, intentando la misma maniobra, no fue tan hábil, y el toro lo corneó hasta la muerte. En ese momento, al animal se transformó en un minotauro, de apariencia muy similar a la del rey Toro. La mujer miró hacia el palco, y obtuvo el visto bueno de la reina, así que cogió el hacha sagrada (la que portaba ahora Regulus) y con ella asestó un golpe mortal al minotauro, que se desangró y cedió para algarabía del público asistente. El tiempo empezó a correr deprisa, las plantas, los animales, los humanos, todos los seres vivos nacían, crecían, maduraban, marchitaban y morían en un instante, todos salvo Belerofonte y la reina, que aparecieron sentados en su trono, juzgando una larguísima fila de almas que buscaban su lugar en el más allá. 

Una voz resonó en las mentes de Regulus y Disto: “así es como debería ser”. Entonces, el minotauro hizo acto de presencia en el megarón e hirió gravemente a Belerofonte, que se partió en dos: su alma siguió en el trono, juzgando las almas de los muertos, pero su cuerpo quedó gravemente herido y escapó de la fortaleza, que empezó a mostrar un gran declive en cuanto a su mantenimiento interior, forjándose poco a poco el laberinto que era ahora. En la siguiente escena, Bodocenos, el líder de los lenguanegra muerto tiempo atrás a manos de los aventureros, junto con Hekateria (sin la lesión que le produjo la ceguera), se encontraban en el patio con un puñado de hombres y mujeres atados y con la cabeza tapada. Con un cuchillo, Hekateria empezó a ejecutarlos, degollándolos en un ritual que abrió una grieta hacia el submundo por la que surgió el Minotauro primero, y una horda de engendros infernales que le seguía. La voz volvió a resonar: “así es como no debería ser. Necesitáis acabar con la maldad del rey Toro, y para ello debéis pedir permiso al rey para liberar el hacha sagrada y entrar en el templo de la diosa del hacha”. 

Disto despertó poco a poco; Regulus también, dándole la impresión de que las serpientes le siseaban justo en las orejas, transmitiéndole algún mensaje. Se levantó y los animales le dejaron pasar de vuelta, donde junto con Disto, contó la historia que habían soñado y dio paso a numerosas cábalas entre los héroes sobre sus siguientes pasos. 

Abandonaron la estancia, casi seguros de que allí no era dónde debía liberarse el hacha, y antes de afrontar el problema de buscar el megarón del rey, decidieron explorar las salas contiguas. La puerta que habían dejado atrás daba a un altar para tres deidades principales, que no les resultó necesario inspeccionar, y la puerta al lado ya en el pasillo daba a una cámara bastante amplia con un gran carro en el centro, con rastros de ser utilizado para transportar grandes estatuas. Dentro del carro habían dos ollas llenas de oro, pero ninguno de los aventureros se atrevió a tocarlas por miedo a alguna clase de trampa o maldición. Al salir de nuevo al pasillo, vislumbraron un espíritu acercándose hacia ellos; pero esta vez, Regulus y Disto veían a un humano normal, y no el compuesto de huesos y harapos espirituales que continuaban viendo los demás.
 
Sin un camino claro, decidieron salir de la fortaleza para descansar por el mismo lugar por el que habían entrada, labor que no les supuso ningún problema, descubriendo que su mula con provisiones había desaparecido. Se dirigieron al antiguo teatro donde los hombres-lagarto les recibieron con los brazos abiertos, siendo conscientes de que Regulus y Disto habían conseguido la bendición de la diosa de la Tierra.

Pusieron al día al líder de la tribu, diciéndole dónde estaba el templo que buscaban, y descansaron con la seguridad de que los monstruos no les interrumpirían. Con nuevas energías, Kasadya explicó su plan: debían seguir a las almas que iban a ser juzgadas para encontrar el megarón del rey, y el líder de los hombres-lagarto les dijo que una gran cantidad de espíritus entraban en la fortaleza por la puerta del oeste, pero que estaba protegida por una gran cabeza de bronce y los guerreros de hierro, por lo que no habían intentado explorar esa posición. 

Confiados en que no fuera tan difícil como les habían contado, los héroes se acercaron a la entrada, encontrando la cabeza de cobre, que hablaba, negándoles el paso, ya que no eran espíritus. Cualquier intento de parlamentar con ella fracasaba, y el miedo a enfrentarse a los guerreros de hierro antes incluso de entrar al recinto pesaba más que encontrar el camino correcto. Pero el grupo recordaba otro sonido metálico ya dentro del complejo: subiendo las escaleras tras el jardín. Así que se fueron del lugar (no sin antes observar como un alma de un muerto obtenía paso a través de la puerta) y dieron un rodeo para entrar por el sitio que mucho antes les había obligado a usar el Brujo Negro. 

Con las salas ya limpias de enemigos, no hubo ningún problema hasta llegar al patio, donde descubrieron que el grifo que salvaron la otra vez había traído compañeros con los que castigar a algunos hombres-perro. En cuanto acabó la carnicería siguieron hasta el jardín, y desde allí subieron la escalera, donde encontraron dos enormes cíclopes atados con cadenas mágicas, pero con la suficiente movilidad como para poder alcanzarles si intentaban pasar. Para el grupo fue otro punto muerto, y Kasadya comentó que ya que estaban cerca, podían preguntar a la bruja, a lo que Disto, reacio al principio, no opuso objeciones pues no había visto a aquella bruja en la visión, como sí había reconocido a aquella a la que dieron muerte. 

Al abrir la puerta, el grupo se vio las caras con los hombres con taras físicas y psíquicas, aunque esta vez parecían recordar algo del encuentro anterior y cuando Kasadya propuso que les dejaran entrar para hablar con Dulmodia, fueron retrocediendo poco a poco y les dejaron pasar, siendo vigilados de cerca por si realizaban cualquier acto hostil. Al llegar a la cámara de la espiral, Dulmodia, enfadada, les acusó de ladrones y exigió la devolución del ánfora mágica y la vara de su hermana. Su primera reclamación fue aceptada por el propio Disto, que devolvió el objeto, pero la vara no formaba parte de ningún trato y era de los héroes: si ella la quería, debería dar algo a cambio. Aunque Kasadya intentó que ese algo fuese una pequeña alianza, la bruja se ceñía a aceptar tratos concretos, y finalmente obtuvo la vara a cambio de explicar dos caminos con los que llegarían al templo del la diosa del hacha: uno a partir del exterior, y otro desde el patio.

***


 Me sorprendió la velocidad a la que pudimos jugar este escenario. Pensé que, tratándose de Mythras, los combates y los apuros por los que pasarían los PJ harían que el juego avanzase a un ritmo más bien lento, eso si no caían todos en una única lucha. 

Y si bien reduje la cantidad de encuentros, eliminando algunos -para evitar que toda la sesión no fuese más que una sucesión continua de combates-, la suerte estuvo a favor de los jugadores, pues en las numerosas tablas de encuentros que hay en La Tumba del Rey Toro apenas se encontraron con algo peligroso. Y lo que encontraron, supieron manejarlo con eficacia y rapidez.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Shores of Korantia (Sesión 21)

Prosiguen las aventuras de los héroes korantios en La Tumba del Rey Toro, que añadí a la campaña tras realizar las oportunas alteraciones a su trasfondo para que encaje con lo que llevamos jugando. Los aventureros se internan cada vez más en el antiguo palacio, y hacen frente a peligros cada vez mayores. Todo ello contado por uno de los jugadores, OtakuLogan.

Huelga decir que si alguien tiene intención de jugar la Mega Aventura de Mazes & Minotaurs, mejor que no siga leyendo, o se estropeará buena parte de la diversión.


***

Al final, Kasadya convenció a sus compañeros para intentar un pacto con las brujas y vengarse así del Brujo Negro que les había amenazado y conducido hasta allí. Comenzaron a subir las escaleras, siguiendo la dirección que el propio Brujo Negro les había proporcionado, encontrando enseguida la primera defensa de las tres hermanas: un espectro esperaba en un pequeño descanso para salvaguardar el resto de la escalera y una habitación. 

Disto fue lo suficientemente rápido como para conjurar un hechizo capaz de hacer que el arma de Regulus pudiera rebanar la esencia espiritual de la que se componía el espectro, pero al hacerlo también dejó descubierta su defensa y una garra fantasmal le atravesó el brazo izquierdo, oscureciéndolo de inmediato y dejándolo inútil. 

Kasadya y Flegias contaban con la protección que la sacerdotisa Volsena les había otorgado antes de partir de Tirta, así que adelantaron al músico y formaron la defensa contra el enemigo, mientras con sus armas distraían más que dañarlo. Fue Regulus quién, con el hacha encantada, desvaneció al ser de su posición, aunque pudieron verlo formándose de nuevo y escapándose por una de las paredes. 

La habitación del lugar estaba vacía y a oscuras, y los héroes siguieron por la escalera, llegando a un pasillo que emitía una sensación fría y nada alentadora. Además, un golpe de aire salido de la nada apagó la antorcha que portaban, pero prenderla de nuevo no iba a ser tan fácil: aquel lugar estaba intoxicado de un ligero viento tenebroso. La mala sensación fue tan grande que el grupo flaqueó en su determinación de seguir adelante y volvieron atrás; unas risas se escucharon en algún lugar superior de la estancia, lo que enojó especialmente a Kasadya.

El pasillo por el que habían venido tenía continuación aparte de la escalera, pero por su posición los héroes determinaron que serviría como otra entrada a la fortaleza y no tenían ganas de volver a luchar contra guardianes. Así pues, volvieron a la habitación de la gran serpiente blanca y a la siguiente, donde no encontraron los cuerpos de los cavernícolas gigantes: alguien se había llevado sus cuerpos, dejando un abundante rastro de sangre, probablemente la criatura que les seguía desde el patio central. 

No tuvieron más remedio que continuar adelante, viendo que el rastro seguía en la otra habitación y se perdía en el agujero del inframundo. Asomarse al patio era un acto peligroso, pues parecía haber bastante actividad en el lugar y en cualquier momento podía surgir un monstruo de las profundidades; en este caso fue Kasadya quien se atrevió a hacerlo, y descubrió a un grupo de seis hombres-cerdo dirigidos mediante látigo por un extraño y diminuto ser a sus espaldas pegándole una paliza de muerte a un grifo. 

Por muy tormentosa que fuera la descripción de Kasadya sobre la situación, hubo discusión sobre que hacer, pues detener todo el mal que anidaba en aquella fortaleza estaba más allá de sus fuerzas. Se planteó la opción de intentar pasar a una puerta inexplorada de forma desapercibida, pero finalmente se optó por darse a ver, esperando que la extraña criatura que dirigía a los encadenados hombres-cerdo fuera dialogante. Poco habían aprendido de aquel lugar: en cuanto les vio venir, la criatura dirigió a su escuadra contra ellos, permitiendo que el grifo escapara salpicando sangre y volara hasta los límites del patio, postergando su huida para ver la suerte de sus salvadores. 

Flegias arrojó una de sus lanzas para detener el ímpetu de los hombres betia a los que la pequeña criatura azuzaba con su látigo. A acertó de pleno, dejándola medio muerta, pero los luchadores no se detuvieron a darse cuenta de ello. Cada héroe quedó emparejado con una bestia, mientras Disto intentaba amenazar a la criatura con fuego si no detenía a su escuadra. Aquella lucha fue bastante más pareja de lo que habían esperado: los hombres-cerdo tenían un aguante físico superior al suyo mostrándose rabiosos frente a heridas que habrían acabado con un hombre. Uno de ellos, a pesar de perder rápidamente a un miembro a manos de Regulus logró tumbar a Patroklo y Flegias con golpes en las piernas, consiguiendo por breves instantes una superioridad numérica de combatientes efectivos. 

Aromvelos, que terminó con su contrincante tras varios intercambios de golpes, acudió en auxilio de Patroklo, atravesando a su enemigo por la espalda cuando no se lo esperaba. Como Kasadya y Belisar ya tenían bastante con su enfrentamiento individual, fue Regulus quién fue a ayudar a Flegias, pero no estuvo especialmente afortunado en aquella intervención y el propio Flegias tuvo que salvarle la vida. Al final, rodeando enemigos, Kasadya y Belisar acabaron con sus pares y cogiendo a la criatura que los había liderado, se fueron del patio, temiendo más problemas, por una salida ya conocida.

Allí interrogaron a la criatura, que estaba bastante asustada y en realidad poco sabía, pues no cabía mucho cerebro en una cabeza tan pequeña: pidió clemencia, dijo llamarse Urg y ser un sirviente del rey Toro, pero no sabía como dar con él. Entre gritos de dolor, pues la herida causada por Flegias seguía sangrando, sí que contestó a la otra pregunta importante que tenían que hacerle: dónde estaba el templo consagrado a la Madre Tierra dentro de la fortaleza. Y la criatura señaló hacia el lugar dónde supuestamente estaban las brujas.

Aunque no parecía muy de fiar y se acababan de ir con la promesa de no marchar, no les quedó más remedio que volver de nuevo a la escalera, donde comprobaron satisfechos que el espectro que les había atacado aún no se había vuelto a formar, y al pasillo de atmósfera tenebrosa, tomando esta vez precauciones para que la antorcha no se apagara: la cubrieron con un escudo. Nuevamente algunos de los héroes se mostraron indecisos ante las atrocidades que les podían esperar más allá de ese punto, y Regulus y Flegias necesitaron apoyarse en sus compañeros para seguir adelante, mientras Urg gemía como nunca al pasar por aquel lugar, aunque al final lo llevaron arrastrando la cuerda con la que le habían atado. Una vez superado el pasillo, sin mirar atrás, siguieron subiendo escaleras.

La siguiente estancia era al aire libre, y se trataba de un inesperado y bien cuidado jardín de plantas, algunas reconocibles, otras no. Los héroes atravesaron el lugar sin ningún problema, fijándose en un pequeño palco en un piso superior que daba a aquel lugar. Al final del jardín, unas nuevas escaleras les hicieron subir, nuevamente sin saber si estaban cambiando de piso o no.

Las escaleras tomaban un descanso antes de continuar hacia arriba, pero también existía la opción de abrir una puerta que daba a la derecha. Regulus oyó sonidos de tiras de hierro siendo arrastradas por el suelo en la parte superior de la escalera, y eso disuadió al grupo de optar por la puerta: no querían conocer por nada del mundo a los guardianes de hierro, si era eso lo que el noble había escuchado.

En la nueva estancia, se encontraron con diez hombres con importantes taras físicas y psíquicas: eran como los pobres seres que a veces se exhibían en la calle y la gente pagaba por ver lo grotescos que eran, solo que era imposible que la naturaleza les hubiera permitido sobrevivir por sí mismos, aunque en la fortaleza no era lo más extraño que habían visto. Aunque intentaron comunicarse con ellos, los que podían emitir gruñidos no parecían ser tan inteligentes como para poder hablar y alzaron sus armas rudimentarias en señal de ataque.

Kasadya propuso una estrategia de combate de retención en la puerta para mitigar su ventaja numérica, pero no hizo falta tanto: tras caer algunos de los suyos, los demás huyeron sin una idea clara de por dónde se marchaban. En las siguientes habitaciones los encontraron todavía huyendo al verlos llegar, sin parecer conocer su propio hogar, pues aquellos lugares tenía una mesa con comida puesta (de aspecto poco apetitoso), unas pieles que podían servir como camas, un sala de deposición de heces (sin que pareciera tener salida… al menos los aventureros no investigaron tanto al respecto) y también estaba el palco que habían divisado antes, con el que se veía el jardín.

La siguiente habitación, separada por una puerta, era de un estilo totalmente diferente: parecía una sala ritual antigua, con vasijas en las esquinas y una espiral en el suelo que finalizaba en otra vasija, pero esta echaba humo de su interior y parecía estar realizada con un material diferente a la cerámica común. Disto, sin esperar la aprobación de sus compañeros, vio algo mágico en aquella vasija, y al sacarla del trípode en el que estaba colocada observó que efectivamente no era un mero objeto de artesanía mundana: no había motivo para que emitiera humo y no estaba caliente. Así que decidió echarla al saco que había traído con la intención de llenarlo de baratijas mágicas y con el que pretendía encandilar a Hipónax para que le enseñara su magia.

La habitación ofrecía tres salidas, dos a la izquierda y una a la derecha, y los héroes optaron por esta última: entraron en un lugar repleto de frascos con extraños líquidos y pergaminos ajados. Entre ellos, Kasadya encontró la substancia que buscaba el Brujo Negro, pues solo uno de los frascos tenía un líquido tan negruzco en su interior, y lo cogió por si pudiera servirle en el futuro. Acabada la sala, pasaron a abrir la puerta del final y en una pequeña obertura para separar dos estancias, se encontraron con la bruja que el Brujo Negro les había mandado matar. Se presentó como Dulmodia, y aunque no parecía asustada ante la visita de los héroes, tampoco bajaba la guardia. Kasadya decidió contarle que el Brujo Negro les había enviado a matarla, aunque era una misión que no querían cumplir, y con su ayuda podrían vengarse de él. Dulmodia no parecía muy interesada en aquello, pues no veía al Brujo Negro como una amenaza, pero cuando Kasadya añadió que Urg les había jurado que por este camino se iba al santuario de la Madre Tierra, dijo conocer donde se encontraba… realmente.

Y su precio era la Labrys, el hacha de Regulus, que había captado rápidamente su atención; era un precio que el grupo ni se planteó pagar, y le preguntaron si no tenía alguna otra tarea para ellos. Fue entonces cuando la bruja contestó afirmativamente: quería muerta a una de sus hermanas, Hekateria. Aquello parecía más razonable y aceptaron, y Dulmodia pasó a contar los detalles: vivía a tres habitaciones de esa sala y había perdido la vista matando a una gran serpiente blanca.

El trato se cerró, y Kasadya devolvió el frasco que había cogido como señal de buena voluntad. Se sintieron lo bastante seguros como para descansar en el balcón -haciendo guardias- antes de intentar matar a Hekateria: aquel lugar donde crecían tantas plantas sin huella alguna de entorpecimiento no sería frecuentado por bestias, y si alguien les atacaban podrían huir por el otro lado. Fuera un razonamiento correcto o no, los héroes descansaron por primera vez desde que entraron en la fortaleza sin que les importunara ningún acontecimiento, y con Urg bien atado.

Camino a cumplir su recién adquirida misión, Disto protestó porque no quería ser el recadero de una criatura malvada, pero se dirigió igualmente a una de las puertas de la izquierda en la sala de la espiral, la superior: dieron a una enorme sala con columnas a los costados, al final de la cual una voz anciana preguntó por un viejo conocido de la compañía: “Bodocenos, ¿eres tú? ¿Por qué has vuelto?”.

Fue Patroklo quién rápidamente cogió las riendas de la situación y se hizo pasar por el hechicero, contestando que había vuelto porque le había mentido. Pero Hekateria no se tragó el engaño, y levantando su vara desencadenó un rayo que golpeó de pleno al marino, derribándolo en el suelo, el pecho humeante por la potencia del relámpago.

El resto del grupo (salvo Disto, que huyó de inmediato) se lanzó a por la anciana, que seguía atacando con rayos mediante el sonido que le iba llegando; pero a pesar de ser más resistente que una persona normal, Regulus, Flegias, Kasadya, Aromvelos y Belisar eran demasiados contrincantes con los que pelear y la anciana cayó moribunda al suelo de múltiples heridas, siendo rematada por Regulus, que le cortó la cabeza para enseñársela a su hermana (Nota del DJ: Y porque es un tanto sádico, también).

Disto entró a curar a Patroklo mientras el resto registraba con decepción la estancia y la puerta contigua, sin encontrar gran cosa. Volvieron ante Dulmodia, que se alegró de tener la cabeza de su hermana, y les contó su parte del trato.

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La Tumba es un lugar grande, con varias facciones y personajes variopintos con sus propios objetivos. El autor se cuidó muy mucho de poblar la mazmorra con este tipo de individuos, evitando así el síndrome "pateo en la puerta, mato, saquéo" que acaba por aburrir a muchos jugadores. Así que el grupo exploró, combatió, negoció acuerdos con algún PNJ, y combatieron algo más. Por ahora la cosa va bien, y a este ritmo, espero poder terminar este escenario en unas cuatro sesiones, más o menos.

A medida que vamos avanzando, mis recelos acerca de jugar un escenario mazmorrero con Mythras se van desvaneciendo cada vez más. El grupo se las ha apañado bastante bien, aunque es cosa segura que sin contar con un buen sanador, alguien con magia capaz de curar Heridas Serias, habrían caído hace tiempo. Por lo demás, mis ganas de hacer algo serio con Classic Fantasy van en aumento. Todavía no sé cuándo, pero creo que ese será el manual que utilice para mi próxima campaña.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La saga de Hrolf Kraki, de Poul Anderson

Complicado, eso de intentar reescribir algún texto clásico, tratando de hacerlo accesible a la sensibilidad, estilo y gustos modernos mientras se conserva aquello que nos hace apreciar el original. Colleen McCulough trató de hacerlo con La canción de Troya, aunque a mi parecer fracasó por completo -su interpretación de los personajes y acontecimientos era muy diferente de los originales-, aunque por otro lado, se trataba de escribir una novela histórica con la narración de Homero.

Mucho mejor resultado obtuvo John Steinbeck con Los hechos del rey Arturo y de sus nobles caballeros. Steinbeck tomó La muerte de Arturo, de Thomas Mallory, y la adaptó, conservando mucho y asegurándose de que las alteraciones iban en la misma dirección que el original. En realidad, hizo lo mismo que el propio Mallory había hecho en el siglo XV con respecto al conjunto de obras que conforman la Vulgata artúrica, unos doscientos años más antigua.

Más en la línea de Steinbeck que en la de McCullough, Poul Anderson -cuya fascinación por los antiguos daneses de los que descendía ya era más que evidente, como testifican algunas de sus obras- publicó en 1973 una reescripción de una antigua saga escandinava. Se trataba de La saga de Hrolf Kraki

La editorial Anaya publicaría una traducción en 1993, como parte de su colección Ultima Thule. Ahora lamento que en su momento esa colección pasara desapercibida para mí, porque su lista de títulos resulta impresionante, los cuales deberían ser recuperados. Al menos en este caso lo fue, porque Alianza volvió a publicar La saga de Hrolf Kraki en 2016, bajo la colección Runas.

Pasando ya a la historia en sí, esta saga me resulta un tanto atípica. La mayoría de las que he leído -y son unas cuantas, a estas alturas- cuentan la biografía de algún héroe nórdico desde su nacimiento o incluso desde la historia de sus padres, hasta su final, ese destino que aguarda a todos los mortales y del que nadie puede escapar. Otras se centran en un lugar y detallan los acontecimientos y hechos que allí se suceden a lo largo de varias generaciones. Por supuesto hay muchos tipos de saga, pero esas dos son las que he encontrado con más frecuencia.

La de Hrolf Helgisson, apodado Kraki, recuerda, y no poco, al mito artúrico. Hrolf es uno de los reyes daneses, cuya ambición es la unificar toda Dinamarca para terminar con las interminables y mezquinas guerras que se suceden en el territorio. Encarna las mejores virtudes del gobernante idealizado, aunque no es infalible ni perfecto. Y su corte atrae a los mejores guerreros del norte, ya sean daneses, noruegos o suecos. Incluso su concepción y nacimiento resultan controvertidos -su madre es también su hermana-, lo que traerá consecuencias a largo plazo. Incluso, en plan crossover -las sagas tendían a estar muy relacionadas-, se hace mención a Beowulf, contemporáneo de Hrolf y Helgi.

Aunque Hrolf es el personaje que actúa como eje de la saga, en torno al cual gira todo, en realidad no es el protagonista. A decir verdad, la historia comienza un par de generaciones antes de él, y no poca importancia tienen las vidas de su padre Helgi y de su tío Hroar, con sus propias aventuras, éxitos y desgracias. Más adelante, cuando Hrolf accede al trono, el énfasis se pone en sus mejores guerreros, sus orígenes, sus hazañas y victorias. Todo ello termina por confluir en una trama final trágica y épica a partes iguales.

He leído la saga original (la editorial Gredos tiene una buena traducción en uno de sus volúmenes) y puedo decir que Anderson fue de lo más respetuoso con el material que usaba como fuente. Retoca aquí y allá, amplía para ofrecer detalles, interpreta reacciones y diálogos para incluir una mayor profundidad psicológica en los personajes, y describe acciones mencionadas sólo de pasada en el original para añadir contexto y emoción a algunos momentos, como la ejecución de rituales mágicos. Pero conserva el tono y el estilo. La lectura mantiene esa prosa arcaica -completamente accesible, sin embargo- y la interpretación que el autor hace de los personajes no les hace perder su esencia original, los moderniza solo lo justo, que es muy poco.

La saga original me pareció de las mejores que he leído, por el entramado tapiz que se forma -pocas hay que me hayan gustado más, la de Egil Skallagrimson tal vez, la de Njall seguro-, y la novela de Poul Anderson le hace justicia. Realza sus puntos buenos, y apuntala allá donde resulta necesario para el lector moderno. Me parece un libro excelente, y lo recomiendo sin reservas.